El Nazi y el Bebé.

Hace varios años leí una historia, creo que real, de la cual no recuerdo todos los detalles, pero puedo reconstruir más o menos. Contaba que estaba una joven madre judía con su bebé, que lloraba por alguna razón (¿calor?). En ese momento un militar nazi le gritó que callara al bebé. Ella, desesperada, no pudo hacer que el niño dejara de llorar, por lo que el nazi se lo arrebató de los brazos y tomándolo de las piernitas lo azotó contra un poste. Con los huesitos rotos, pero aún vivo, el bebé lloró una agonía horrorosa, y el nazi volvió a golpearlo contra el poste una vez más, y otra, y otra. Lo hizo calculando golpear su cabecita, la cual reventó. Acto seguido, devolvió el bebé muerto a su madre horrorizada diciéndole que así se callaba a un bebé, y se alejó con sonoras carcajadas.
No sé, amigo lector, si a usted le pasa lo mismo que a mí me pasó la primera vez que leí eso. No sé si a usted también le hierve la sangre y deseara tener a ese maldito nazi al frente para golpearlo y despedazarle la cara y su sonrisa con tantos golpes, hasta dejarle el cráneo destrozado también. Pero aquella vez también me puse a pensar qué hubiera hecho yo de estar ahí presente. ¿Habría intentado ayudar al bebé? Si uno lo piensa bien, eso muy probablemente sería una muerte segura a manos de los nazis, y el bebé probablemente no se salvaría tampoco. ¿Podría mi miedo a la muerte ser superior a mi ira instintiva? ¿Pensaría yo dos veces antes de actuar o actuaría sin pensar? Piénselo usted, por favor.
Esto lo cuento porque me encontré otra vez la famosa frase: “Si a usted no le gusta el aborto, no lo haga, pero no se entrometa en la vida de los demás”. Les contaré qué significa para mí eso:
Veo una fila de mujeres, cabizbajas y tristes, yendo hacia unas instalaciones que parecen un campo de exterminio. En la puerta hay un nazi, pero no es amenazador, sino simpático, que las saluda y las alienta. Me le acerco y le pregunto quiénes son todas esas mujeres.
— Son mujeres desesperadas, amigo, —me dice con una sonrisa— están enfermas, no tienen dinero, han sido violadas o son muy jóvenes y no tienen su futuro resuelto. El problema es que están embarazadas.
— No —le replico— el problema no es el embarazo, el problema es su situación grave que se ve aún más grave con el embarazo. ¡Ellas necesitan ayuda!
— ¡Claro! Aquí les ayudamos. Por un módico precio de $500 les eliminamos el problema. Nos deshacemos del bebé y ellas quedan libres para resolver sus asuntos sin esa carga.
— ¡Eso no es ayudar! Ayudar es apoyarlas con capacitación y fuentes de trabajo para salir de pobres, darles apoyo médico con un seguro solidario, darles soporte sicológico y cariño para que sobrelleven el traume de la violación o darles becas y ayuda para que puedan terminar sus estudios. Y nada de eso conlleva el asesinato del bebé.
— Disculpe, pero aquí no asesinamos bebés, nos deshacemos del producto del embarazo, no diga esas cosas porque las confunde. Ellas ya saben lo que necesitan, nuestros consejeros expertos les han ya dado apoyo y ellas solas han llegado a la decisión de eliminar el producto.
— Eso me suena a un engaño. Ellas no saben que la verdadera solución es otra que no implica matar al bebé. ¿Por qué no las ayudan de verdad?
— Mire, se lo diré simplemente: darles todo eso que usted dijo es muy caro y no es negocio porque al final termina uno manteniendo a la madre y al hijo. Con nuestra solución, más bien tenemos ganancia, y el gobierno se libra de la reproducción de toda esta gente indeseable. ¿Ya vió quienes son la mayoría de las que están en la fila? Etnias pobres que socaban el sistema social, ignorantes y parias mantenidos por el gobierno. Nuestra solución es ganar ganar.
— ¡Eso es abominable! ¡Yo les diré la verdad, que ellas sepan que todo es un engaño, que las llevan al exterminio!
— Vea, si a usted no le gusta nuestra solución, no venga a nuestras instalaciones y punto. Pero no se meta en la vida privada de nuestras protegidas.
¿Se lee diferente la frase, cierto? No se usted, estimado lector, pero yo no pienso quedarme viendo como revientan bebés contra los postes, máxime cuando puedo hacer algo para detener ese exterminio. No es cuestión de que no le guste a uno, es cuestión de si se queda callado al frente de un asesinato. Sabiendo lo que sé, yo no me quedaré callado. Punto.

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